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No hay tiempo que perder. La 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) plantea a la comunidad internacional una exigencia histórica: dar pasos firmes y decisivos contra el calentamiento global antes de que sea demasiado tarde. La hoja de ruta la marca el acuerdo global adoptado en París hace seis años, en la COP21. Un compromiso que vino a sustituir el Protocolo de Kioto y que, casi por vez primera, proponía medidas claras, concretas y con garantías jurídicas para reducir de manera drástica la emisión de gases de efecto invernadero y evitar así que la temperatura media del planeta aumente más de 2 grados centígrados antes del que acabe el siglo XXI.

Parte de lo acordado en París (y ratificado unos meses después en Nueva York por un total de 195 países) sigue hoy pendiente de concreción y desarrollo. Citas como la COP25, que se celebró en Madrid en diciembre de 2019, se recuerdan hoy como oportunidades perdidas, citas en las que los intereses particulares impidieron que se produjesen avances verdaderamente significativos. Los expertos esperan que la cumbre que se celebrará en Glasgow entre el 31 de octubre sea un punto de inflexión que permita recuperar el rumbo.

Personalidades como Greta Thunberg encaran la cita en la ciudad escocesa con una mezcla de esperanza y escepticismo. Además de cantar y bailar al ritmo de Rick Astley, exhibiendo un sentido del humor y unas habilidades sociales hasta ahora inéditos, la activista sueca ha declarado estos días que “todas las cumbres del clima son cruciales para que los acuerdos de París funcionen”, pero que el éxito o fracaso de las que se celebren en los próximos años dependerá en gran medida “a la capacidad de la opinión pública para seguir presionando a sus gobiernos”. Con o sin presión, lo cierto es que los líderes mundiales que se reunirán el 31 de octubre van a encontrar sobre la mesa una amplia agenda de temas pendientes que deben resolverse lo antes posible.

Que se cree un marco claro de reducción de emisiones para los agentes económicos

En el mundo empresarial, las compañías más comprometidas con planes privados de descarbonización van a estar muy atentas a lo que se acuerde en Glasgow. Esperan de la cumbre que se establezcan objetivos vinculantes de reducción de emisiones para todos los sectores, tal y como se recoge en el informe de Monitor Deloitte, Un modelo energético sostenible para la España de 2050. Eso pasa también por incentivar el uso extensivo de tecnologías no contaminantes y por establecer en paralelo un impuesto asociado al volumen de CO2 que lance una señal económica clara: la transición gradual a un modelo de economía verde es una prioridad absoluta y no puede aplazarse. En definitiva, se trata de que las empresas que están asumiendo su responsabilidad social y medioambiental de manera más firme vean reconocidos sus esfuerzos y no sufran desventajas competitivas a corto plazo.

Que lo acordado en París se transforme en líneas de actuación concretas

Para Sam Wockner, portavoz de Greenpeace, ha llegado “la hora de la verdad”. Los firmantes del acuerdo de París se han tomado su tiempo, pero es ahora, en la cumbre de noviembre, “cuando deben concretar sin más tardanza sus planes definitivos para reducir las emisiones”. Wockner recuerda que “los líderes mundiales se comprometieron a crear a muy corto plazo las condiciones para que el aumento de la temperatura media del planeta no se dispare hasta límites insostenibles en las próximas décadas”. Ese objetivo figura en la agenda oficial de la cumbre del COP 26, y Wockner espera que sea afrontado con el máximo rigor.

Que los compromisos económicos adquiridos se respeten

La activista considera que un primer paso de extraordinaria importancia consistiría en que los compromisos económicos adquiridos en París hace seis años se concretasen lo antes posible: “Los países más ricos acordaron crear un fondo de 100.000 millones de dólares para ayudar a los países pobres a reducir sus emisiones, pero a día de hoy no se ha acordado aún cuándo y cómo estará disponible ese dinero”. Jorge Olcina, experto en historia del clima y catedrático de la Universidad de Alicante, coincide con Wockner en que “lo principal de esta COP 26 es que se consiga cerrar definitivamente el artículo 6 del Acuerdo de París”. Es imprescindible que “se regule por fin el mecanismo de mitigación de emisiones de gases. Es decir, hay que establecer un sistema claro y universal para la compra de derechos de emisión”. Y, en paralelo, “debe fijarse el compromiso de los países ricos para financiar la transición hacia tecnologías limpias y energías verdes de los menos avanzados”. Es la manera de que dos de los principales compromisos adquiridos por la comunidad internacional en París se concreten a corto plazo.

Que se adopten decisiones a corto plazo que cambien la actual tendencia

Olcina considera que hay que afrontar la emergencia medioambiental sin un exceso de dramatismo, pero con una conciencia clara de cuál es la verdadera situación y lo mucho que hay en juego: “A día de hoy, “las perspectivas en lo que a calentamiento global se refiere siguen siendo muy poco halagüeñas”. Pese a los acuerdos alcanzados, se siguen emitiendo muchos más gases de efecto invernadero de los que el planeta puede permitirse: “Este año volveremos a batir un nuevo récord de emisiones a nivel mundial. El 75% del consumo energético del mundo sigue dependiendo de los combustibles fósiles. No conseguimos romper esa tendencia”. Perder esta década sería, en opinión del académico, un desastre irreparable, “porque los efectos del calentamiento global van a ser muy intensos y se irán acelerando con el tiempo”.

Que se acelere la necesaria adaptación al cambio climático

Para Olcina, dado que reducir a tiempo las emisiones es un objetivo que en absoluto podemos dar por garantizado, debemos activar cuanto antes un programa alternativo de contingencia y rescate, un plan B que nos permita capear con dignidad los cambios que se avecinan: “Es muy importante que países, regiones y ciudades avancen en sus políticas de adaptación al cambio climático. De la COP26 debería salir un documento-guía de trabajo para que los entornos urbanos se adapten a la nueva situación. Eso también resulta imprescindible”. Ese objetivo es coherente con la filosofía del Acuerdo de París, que hablaba de medidas “de mitigación, adaptación y resiliencia” ante el calentamiento global.

Que los intereses globales primen sobre los particulares

En opinión de Jacqueline Peel, profesora de derecho medioambiental en la Universidad de Melbourne, “a esta cumbre hay que exigirle acuerdos concretos y ambiciosos, porque si no acabará resultando una pérdida de tiempo, algo que no nos sobra a estas alturas”. Peel afirma que el mundo se asoma a un escenario preocupante y “aún no hemos conseguido dar el primer paso en la dirección correcta: reducir las emisiones. De poco sirven los objetivos ambiciosos a medio plazo si no conseguimos que 2022 sea el primer año de la historia reciente en que las emisiones se reduzcan en vez de aumentar”. Ese sería un objetivo tangible, práctico y verificable a muy corto plazo. Glasgow es, en su opinión, la oportunidad de aparcar todas esas reticencias y dar, por fin, pasos irreversibles en la dirección adecuada. Pese a todas sus reticencias, la académica encuentra razones para un optimismo cauto. La principal es, en su opinión, el cambio de postura de Estados Unidos. Con ella, “la primera potencia económica se incorpora de nuevo a los consensos globales y va a presentar en Glasgow unos objetivos de reducción de emisiones sensatos y ambiciosos”. Sensatez y ambición. Esos deberían ser dos de los principales ingredientes de la receta de cambio global que va a cocinarse estos días en Escocia.

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